Ramón encendió su primer cigarrillo a los dieciséis años, en la puerta del instituto, para parecer mayor. A los treinta y seis fumaba un paquete al día. Lo había intentado dejar cuatro veces, y las cuatro había vuelto a caer: después de una cena con amigos, en un momento de estrés en el trabajo, en una boda.
La quinta vez fue diferente. El motivo no fue el médico, aunque llevaba años avisándole, sino su hija Alba, de seis años. Un día, al recogerla del colegio, ella le dijo: «Papá, la profe ha dicho que fumar mata. ¿Tú te vas a morir?». Ramón no supo qué contestar. Esa noche tiró el paquete a la basura.
Esta vez no lo hizo solo. Fue a su centro de salud, donde una enfermera lo apuntó a un programa para dejar de fumar. Cada semana se reunía con un grupo de ocho personas que estaban en la misma situación. El médico le recetó un tratamiento para reducir la ansiedad de los primeros días.
Las tres primeras semanas fueron terribles. Ramón estaba irritable, dormía mal y tenía hambre a todas horas. Engordó cuatro kilos. Para tener las manos ocupadas, empezó a llevar siempre una pelota de goma en el bolsillo. Dejó de tomar café durante un tiempo, porque el café y el cigarrillo iban siempre juntos, y cambió su ruta al trabajo para no pasar por delante del estanco.
También descubrió cosas que había olvidado. La comida tenía más sabor. Subía las escaleras sin ahogarse. Su ropa y su coche ya no olían a tabaco. Y con el dinero que ahorraba —unos ciento cincuenta euros al mes— abrió una hucha para un viaje en familia.
Hace ya dos años que Ramón no fuma. Todavía, algunas noches de verano, siente ganas de un cigarrillo. Pero entonces piensa en Alba y en el viaje que hicieron a Portugal con el dinero de la hucha.