Óscar nunca había sido de los padres que van a las reuniones del colegio. Trabajaba en turnos en una fábrica de Valladolid y, cuando llegaba a casa, solo quería cenar con sus dos hijos y descansar. Las cosas del colegio las llevaba siempre su mujer.
Todo cambió el otoño pasado, cuando su hija Lucía, de nueve años, empezó a quejarse de dolor de cabeza en clase. Óscar fue a hablar con la tutora y descubrió el problema: en el aula de Lucía, en el segundo piso, la calefacción no funcionaba bien desde hacía dos inviernos y los niños daban clase con el abrigo puesto. Varias familias se habían quejado, pero nadie había hecho nada.
Unas semanas después hubo elecciones al consejo escolar, el órgano donde profesores, familias y alumnos toman decisiones sobre el centro. Casi sin pensarlo, Óscar se presentó como candidato. Para su sorpresa, salió elegido.
Las primeras reuniones lo dejaron confundido. Se hablaba de presupuestos, normativas y siglas que no entendía. Al principio no se atrevía a abrir la boca. Pero una profesora veterana le explicó cómo funcionaba todo y, poco a poco, empezó a participar.
Su primera batalla fue la calefacción. Óscar reunió firmas de ochenta familias, sacó fotos de los termómetros del aula y escribió una carta a la Consejería de Educación. Tres meses después llegaron los técnicos y arreglaron la instalación. Algunos padres le dieron las gracias por la calle.
Desde entonces, Óscar ha descubierto que le gusta participar. Ha propuesto abrir el patio por las tardes para que los niños del barrio puedan jugar y está organizando una biblioteca de intercambio de libros de texto. Eso sí, ha tenido que pedir en la fábrica no trabajar en el turno de tarde los martes. «Mi mujer se ríe de mí», confiesa. «Dice que ahora el que va a todas las reuniones soy yo.»