Clara y Tomás se conocieron en Salamanca, durante un curso de verano. Ella es de Cádiz y estudia enfermería; él es de Burgos y trabaja como ingeniero. Al terminar el curso, cada uno volvió a su ciudad, a casi novecientos kilómetros de distancia. Todos sus amigos les dijeron lo mismo: «Una relación a distancia no dura».
Hace ya dos años de aquello. Y, aunque no siempre ha sido fácil, siguen juntos.
Al principio hablaban por videollamada todas las noches, a veces durante tres horas. Pero pronto se dieron cuenta de que eso los agotaba. «Acabábamos contándonos qué habíamos cenado», se ríe Clara. Decidieron cambiar: ahora hablan un rato cada día, pero también se mandan cartas de verdad, en papel, una vez al mes. Tomás guarda todas las de Clara en una caja.
Lo más difícil, dicen, son los celos y la falta de contacto físico. Cuando Clara sale de fiesta con sus compañeras, Tomás a veces se siente inseguro. Cuando él tiene que quedarse trabajando el fin de semana y cancela una visita, ella se enfada. Han aprendido a hablar de estas cosas con sinceridad, en lugar de guardárselas.
También hay un problema práctico: el dinero. Un billete de tren o de avión entre sus ciudades cuesta caro, y se ven más o menos una vez al mes. Para ahorrar, a veces quedan a mitad de camino, en Madrid, y pasan el fin de semana en un hostal barato.
Sin embargo, los dos creen que la distancia también les ha dado cosas buenas. Cada encuentro es una fiesta, y han aprendido a confiar el uno en el otro. «Cuando estás lejos, no puedes dar nada por supuesto», explica Tomás.
El año que viene Clara termina la carrera, y ya ha empezado a buscar trabajo en hospitales de Burgos. Por fin, dicen, van a vivir en la misma ciudad.