Hace un año, Nacho dejó su puesto de cocinero en un restaurante de Málaga para cumplir un sueño: tener su propio negocio. Como no tenía dinero para alquilar un local, compró una vieja furgoneta de reparto y la convirtió en una caravana de comida. La pintó de verde y la llamó «La Cuchara Rodante».
Los primeros meses fueron una carrera de obstáculos. Para vender comida en la calle hacían falta permisos del ayuntamiento, certificados de sanidad y un seguro. La burocracia tardó casi tres meses. Mientras tanto, Nacho pagaba la letra de la furgoneta sin ganar ni un euro.
Su idea era sencilla: cocina casera de toda la vida, pero para comer de pie. Albóndigas en salsa, tortilla de patatas en bocadillo y arroz caldoso los jueves. El primer día, en un polígono industrial, vendió solo once raciones. La gente pasaba, miraba la furgoneta y se iba al bar de siempre.
Para darse a conocer, Nacho abrió una cuenta en las redes sociales y empezó a publicar cada mañana dónde iba a estar y cuál era el menú del día. También empezó a ir a mercadillos, conciertos y festivales de verano. Poco a poco se formó una clientela fiel. Los obreros del polígono, que al principio desconfiaban, ahora le hacen cola cada mediodía.
No todo es bonito. Nacho trabaja catorce horas al día, seis días a la semana. En agosto, dentro de la furgoneta hacía cuarenta y cinco grados. Una vez se le estropeó el motor de camino a un festival y perdió las ganancias de un fin de semana entero.
Aun así, el balance es positivo: ha recuperado la inversión y en primavera va a contratar a un ayudante. ¿Su próximo objetivo? Una segunda furgoneta. «Pero esta vez», dice riéndose, «con aire acondicionado».