Hace dos años, Beatriz no podía subir las escaleras del metro sin quedarse sin aliento. Trabajaba muchas horas en una oficina de Valencia, comía mal y no hacía ningún deporte. El día que cumplió cuarenta años, su hermano le hizo un regalo extraño: una inscripción para el Maratón de Valencia, que se celebraba once meses después. «Estás loco», le dijo ella. Pero la inscripción no se podía devolver.
Beatriz se apuntó a un club de corredores de su barrio. El entrenador, un señor de sesenta años llamado Paco, le dio un plan muy claro: empezar caminando y corriendo un minuto, y aumentar poco a poco. Las primeras semanas le dolía todo el cuerpo. Una mañana de lluvia, a las siete, estuvo a punto de abandonar. Pero sus compañeros del club la esperaban en el parque, y no quiso fallarles.
Con los meses, las distancias crecieron: cinco kilómetros, diez, una media maratón en primavera. Beatriz cambió su alimentación, dejó de fumar los cigarrillos que le quedaban y empezó a acostarse temprano. También tuvo una lesión en la rodilla en verano que la obligó a parar tres semanas. Pensó que todo había terminado, pero el fisioterapeuta la ayudó a recuperarse.
El día de la carrera, a principios de diciembre, hacía un frío agradable. En la salida había más de veinte mil corredores. Los primeros treinta kilómetros fueron bien. En el kilómetro treinta y dos llegó «el muro»: las piernas no le respondían y quería sentarse en la acera. Entonces vio a su hermano entre el público, con un cartel enorme: «¡Tú lo pediste!». Se echó a reír y siguió.
Cruzó la meta en cuatro horas y cincuenta y dos minutos, llorando de emoción. No ganó nada, claro. Pero dice que nunca se ha sentido tan orgullosa. Ya se ha inscrito para el del año que viene.