Después de suspender el examen práctico dos veces, Carlota aprobó por fin el carné de conducir en marzo, a los veintitrés años. Trabaja en un laboratorio en un polígono industrial a las afueras de León, donde el autobús solo pasa cada hora. Por eso, tener coche no era un capricho, sino una necesidad.
Su presupuesto era limitado: unos seis mil euros, que había ahorrado durante tres años. Su padre le aconsejó que comprara uno de segunda mano. «Un coche nuevo pierde mucho valor el primer año», le dijo. «Y con un coche usado no te dolerá tanto el primer golpe». Carlota empezó a mirar anuncios en internet y pronto se dio cuenta de que había muchísimas opciones.
Hizo una lista con lo que necesitaba: un coche pequeño, que gastara poca gasolina, con menos de cien mil kilómetros y con la ITV al día. Vio cinco coches en dos semanas. Uno tenía un ruido extraño en el motor; otro estaba mucho peor que en las fotos; y el vendedor del tercero no quiso enseñarle el libro de mantenimiento, lo cual le pareció muy sospechoso.
El cuarto era un coche rojo de siete años que vendía una señora mayor porque ya no conducía. Tenía solo sesenta mil kilómetros y estaba impecable. Carlota le pidió a un amigo de su padre, que es mecánico, que lo revisara antes de comprarlo. «Está muy bien cuidado», le confirmó. Negociaron un poco y la señora le dejó el coche en cinco mil quinientos euros.
Con el dinero que le sobró, pagó el cambio de nombre y el seguro. Como era conductora novel, el seguro le salió bastante caro, casi seiscientos euros al año, y tuvo que poner la «L» verde en la parte de atrás del coche durante el primer año.
Los primeros días estaba muy nerviosa, sobre todo en las rotondas. Pero ahora tarda quince minutos en llegar al trabajo en vez de cincuenta. «Lo mejor es la libertad», dice. «Los fines de semana puedo ir a la montaña cuando quiero».