A los treinta y cuatro años, Sergio tenía un buen trabajo en una empresa de logística de Sevilla y, sin embargo, a mitad de mes siempre estaba sin dinero. Tenía dos tarjetas de crédito, un préstamo para el coche y una cuenta en números rojos. Un día el banco le rechazó un pago en el supermercado, delante de una cola de gente. «Fue el momento más humillante de mi vida», recuerda.
Esa noche se sentó con una hoja de papel e hizo algo que nunca había hecho: apuntar todos sus gastos. Descubrió que gastaba casi trescientos euros al mes en comida a domicilio, y otros cien en suscripciones que ni siquiera usaba.
Su tía Rosario, que había sido cajera en un banco durante treinta años, le habló del método de los sobres. Es muy sencillo: el día que cobras, sacas el dinero en efectivo y lo repartes en sobres, uno para cada tipo de gasto: comida, transporte, ocio, regalos. Cuando un sobre se vacía, se acabó: no se gasta más en eso hasta el mes siguiente.
Al principio a Sergio le pareció algo anticuado. ¿Pagar en efectivo en pleno siglo veintiuno? Pero decidió intentarlo. El primer mes, el sobre de ocio se vació en diez días y tuvo que quedarse en casa tres fines de semana. Fue duro, pero aprendió la lección. Ver los billetes desaparecer le dolía mucho más que pasar la tarjeta.
Canceló las suscripciones, empezó a llevar la comida al trabajo en un táper y vendió por internet cosas que no usaba. Todo el dinero que sobraba lo destinaba a pagar las deudas, empezando por la tarjeta con los intereses más altos.
Dieciocho meses después, Sergio no debe nada a nadie. Ya no usa sobres de papel, sino una aplicación que funciona igual. Y por primera vez en su vida tiene ahorros: un sobre especial que se llama «Por si acaso».