Cuando Adrián llegó a Madrid para estudiar un máster, se llevó un susto: una habitación en un piso compartido costaba más de seiscientos euros al mes. Con su beca, era imposible. Una compañera le habló entonces de un programa de la universidad que pone en contacto a estudiantes con personas mayores que viven solas. El estudiante no paga alquiler; a cambio, hace compañía y ayuda en casa.
Así conoció a Doña Pilar, una viuda de ochenta y tres años que vivía sola en un piso enorme del barrio de Chamberí. La primera entrevista fue un poco rara. Ella le hizo más preguntas que un policía: si fumaba, si tenía novia, si sabía cocinar. «Lo de cocinar lo aprenderá», concluyó.
Las reglas eran sencillas: Adrián debía estar en casa antes de las once casi todas las noches, cenar con ella tres veces por semana y ayudarla con la compra. No podía traer invitados a dormir. Al principio a Adrián le parecía demasiado, y echaba de menos su libertad. Además, Doña Pilar veía la televisión con el volumen altísimo.
Pero poco a poco la convivencia se convirtió en algo más. Ella le enseñó a hacer cocido madrileño y le contaba historias de la posguerra que no aparecían en ningún libro. Él le instaló un móvil nuevo y le enseñó a hacer videollamadas con su nieta de Buenos Aires. Los domingos veían juntos el fútbol: ella es del Atlético, él del Madrid, y discutían como dos viejos amigos.
Un día de invierno, Doña Pilar se cayó en el baño. Adrián la oyó, llamó a urgencias y se quedó con ella en el hospital toda la noche. «Si hubiera estado sola…», dice ella, y no termina la frase.
El máster terminó hace un año, pero Adrián sigue viviendo allí. Ahora paga una parte de los gastos, y dice que no se va a ir.