Cuando su madre se fue a vivir a una residencia, un año después de la muerte de su padre, los tres hermanos Ortega tuvieron que enfrentarse a una tarea que llevaban tiempo evitando: vaciar la casa familiar de Logroño. Sus padres habían vivido allí cincuenta y dos años, y en cada rincón había medio siglo de recuerdos.
Elena, la mayor, organizó un calendario: tres fines de semana en octubre. Javier vino desde Bilbao y Sonia, la pequeña, desde Londres. La primera mañana, delante de los armarios llenos, ninguno sabía por dónde empezar.
Pronto aparecieron los conflictos. Javier quería tirarlo casi todo; Sonia, que llevaba diez años fuera, quería guardarlo todo. Discutieron por una vajilla que nadie usaba, por el reloj de pared del abuelo y, sobre todo, por las cartas. En una caja de zapatos encontraron cientos de cartas que sus padres se habían escrito cuando eran novios y su padre hacía la mili en Ceuta. ¿Leerlas o no? Al final decidieron leer solo una, juntos, en la cocina. Los tres acabaron llorando y riéndose a la vez.
Para evitar más peleas, Elena propuso un sistema: cada uno elegía un objeto por turnos, como cuando de niños repartían caramelos. Lo que nadie quería se donaba a una parroquia o se vendía en un rastro. Los libros fueron a la biblioteca del barrio.
El último domingo, con la casa casi vacía, cenaron pizza sentados en el suelo del salón, como hacían de pequeños cuando sus padres salían. Hablaron de cosas que nunca se habían dicho. «Pensaba que íbamos a acabar enfadados», cuenta Javier. «Y resulta que no hemos estado tan unidos desde niños.»
Sonia se llevó a Londres el reloj del abuelo. Las cartas, de momento, las guarda Elena. Las leerán todos juntos, poco a poco.