En la gestoría donde trabaja Raúl, en Murcia, hay doce empleados y miles de papeles. Durante años, el trabajo consistía en revisar facturas, contestar las mismas preguntas de los clientes y rellenar formularios para Hacienda. Por eso, cuando la jefa anunció en septiembre que iban a empezar a usar un asistente de inteligencia artificial, hubo reacciones de todo tipo.
Carmen, la empleada más veterana, estaba preocupada. «Si una máquina hace mi trabajo, ¿para qué me van a necesitar?», preguntó en la reunión. Los más jóvenes, en cambio, estaban encantados. La jefa intentó tranquilizarlos: el asistente no iba a sustituir a nadie, sino a encargarse de las tareas más repetitivas.
Las primeras semanas hubo problemas. El asistente resumía bien los correos largos, pero a veces se inventaba datos con total seguridad. Una vez escribió a un cliente que su declaración de la renta salía a devolver, cuando en realidad tenía que pagar. Por suerte, Raúl lo revisó antes de enviarlo. Desde entonces hay una regla clara: nada sale de la oficina sin que una persona lo haya comprobado.
Con el tiempo, el equipo aprendió a usarlo mejor. Ahora el asistente clasifica las facturas, prepara borradores de respuestas y busca información en las leyes, que cambian constantemente. Raúl calcula que ahorra unas seis horas a la semana.
Y Carmen, la más escéptica, ha resultado ser la que mejor lo usa. Como conoce a los clientes desde hace veinte años, sabe exactamente qué preguntarle y detecta enseguida cuando se equivoca. «La máquina sabe muchas cosas», dice, «pero no sabe que el señor García siempre trae los papeles tarde y que hay que llamarle dos veces».
Con el tiempo que ahorran, ahora atienden mejor a los clientes en persona, que es, según la jefa, lo que de verdad importa.