Durante años, la calle del colegio Miguel Hernández, en un barrio de Alicante, era un caos cada mañana. A las nueve menos cuarto, decenas de coches paraban en doble fila, los conductores tocaban el claxon y los niños cruzaban entre los vehículos con la mochila a la espalda. Dos veces al año había algún pequeño accidente.
El curso pasado, la asociación de madres y padres propuso una solución radical: cerrar la calle al tráfico a la entrada y a la salida del colegio. Al principio el ayuntamiento dudaba. Los comerciantes temían perder clientes y muchos padres se quejaban: «¿Y dónde voy a aparcar? ¡Yo trabajo a las nueve!»
Finalmente se decidió hacer una prueba de tres meses. Se colocaron unas vallas en las dos esquinas y un policía local vigilaba los primeros días. Los coches tenían que dejar a los niños a doscientos metros, en una plaza cercana.
Las primeras semanas hubo protestas y algún conductor enfadado. Pero pronto ocurrió algo inesperado. Como ya no había coches, la calle se llenó de vida. Los niños llegaban andando o en bicicleta, los padres charlaban en la acera y los abuelos se sentaban en los bancos. Una frutería de la esquina incluso empezó a vender zumos por las mañanas.
Al terminar la prueba, el colegio hizo una encuesta. El ochenta por ciento de las familias quería mantener la calle cerrada. Según un estudio de la universidad, la contaminación delante del colegio había bajado casi a la mitad. Y lo más importante: no hubo ningún accidente.
Hoy la calle está cerrada de forma permanente durante el horario escolar, y otros tres colegios de la ciudad han pedido lo mismo. «Al final no era tan difícil», dice la directora. «Solo había que atreverse.»