Durante ocho años, Marina trabajó como traductora en una gran empresa de Barcelona. Tenía un sueldo fijo, vacaciones pagadas y un jefe que nunca la escuchaba. Hace un año decidió darse de alta como autónoma y trabajar desde casa. Sus amigos le dijeron que estaba loca.
Los primeros meses fueron duros. Marina pasaba más tiempo buscando clientes que traduciendo. Escribió a decenas de agencias, creó una página web y se apuntó a varias plataformas. Muchos no contestaban nunca. En febrero solo ganó cuatrocientos euros, y eso que tenía que pagar la cuota de autónomos cada mes. «Hubo noches en que no dormía pensando en el alquiler», confiesa.
Poco a poco, sin embargo, las cosas mejoraron. Una editorial pequeña de Valencia le encargó la traducción de una novela del alemán, y quedaron tan contentos que le pidieron otra. Un antiguo compañero le recomendó a una empresa de vinos que necesitaba traducir su catálogo. El boca a boca empezó a funcionar.
Lo que más le ha costado no es el trabajo, sino la organización. Al principio trabajaba en pijama, comía delante del ordenador y contestaba correos a medianoche. Ahora tiene un horario: empieza a las nueve, sale a correr a la hora de comer y apaga el ordenador a las siete. También ha aprendido a hacer facturas, a guardar dinero para Hacienda y a decir que no a los clientes que pagan tarde.
También echa de menos a sus compañeros. Para no sentirse sola, dos días a la semana trabaja en un espacio de coworking del barrio, donde ha conocido a una diseñadora y a un fotógrafo con quienes a veces colabora.
¿Se arrepiente? «Para nada», dice. «Gano un poco menos que antes, pero elijo mis proyectos y organizo mi tiempo. Y eso no tiene precio.»