El pasado enero, Irene y su pareja, Dani, decidieron hacer un experimento en su piso de Zaragoza: pasar un mes entero produciendo la menor cantidad de basura posible. La idea surgió después de ver un documental sobre los plásticos en el mar. «Sacábamos dos bolsas llenas de basura cada día», recuerda Irene. «Nos dio vergüenza.»
La primera semana fue la más difícil. En el supermercado casi todo venía envuelto en plástico: la fruta, el queso, incluso los pepinos. Así que cambiaron de costumbres. Empezaron a comprar en el mercado del barrio, llevando sus propias bolsas de tela y tarros de cristal. El carnicero los miró con desconfianza la primera vez, pero a la segunda semana ya les guardaba el mejor trozo de ternera.
También descubrieron una tienda a granel donde se compran legumbres, arroz, pasta y hasta detergente al peso. Dani aprendió a hacer yogur en casa e Irene sustituyó el gel de ducha por una pastilla de jabón. Los restos de fruta y verdura iban a un cubo de compost que compartían con los vecinos del patio.
No todo salió bien. Un día de mucho trabajo pidieron comida a domicilio y llegó en cuatro envases de plástico. «Nos sentimos fatal», se ríe Dani. Además, algunas cosas eran más caras, sobre todo los productos de limpieza ecológicos.
Al final del mes, sin embargo, el resultado los sorprendió: toda la basura que no se podía reciclar cabía en un solo tarro de mermelada. Y gastaron menos dinero del que esperaban, porque compraban solo lo necesario y no tiraban comida.
Hoy no son perfectos, pero muchos de los hábitos se han quedado. «No se trata de hacerlo todo bien», dice Irene. «Se trata de hacerlo un poco mejor cada día.»