Durante semanas, Esther, una profesora de primaria de Palencia de cuarenta y un años, tenía siempre sed. Bebía litros de agua al día y tenía que ir al baño constantemente, incluso durante las clases. También estaba muy cansada y había perdido cuatro kilos sin hacer dieta. Pensó que era por el estrés del trabajo, hasta que una compañera le recomendó que fuera al médico.
El análisis de sangre confirmó lo que el médico sospechaba: tenía diabetes tipo 1. «Me quedé en shock», recuerda Esther. «Pensaba que la diabetes era algo de personas mayores o con sobrepeso. No sabía que podía aparecer a mi edad». El médico le explicó que la diabetes tipo 1 ocurre cuando el páncreas deja de producir insulina, la hormona que controla el azúcar en la sangre. No es culpa de la persona ni se puede prevenir.
Los primeros meses fueron muy duros. Esther tuvo que aprender muchas cosas nuevas: medir su nivel de glucosa varias veces al día, calcular los hidratos de carbono de cada comida y ponerse inyecciones de insulina. Tenía miedo de equivocarse con las dosis. Una vez, en el colegio, tuvo una bajada de azúcar: empezó a temblar, a sudar y a sentirse mareada delante de sus alumnos. Por suerte, llevaba zumo en el bolso.
Una enfermera especializada en diabetes la ayudó mucho. Le enseñó a reconocer los síntomas de las bajadas y las subidas de azúcar, y le dio consejos prácticos para su día a día. También le pusieron un sensor en el brazo que mide la glucosa de forma continua y envía los datos al móvil. «Fue un cambio enorme», dice Esther. «Ya no tengo que pincharme el dedo diez veces al día».
En el colegio decidió hablar del tema con naturalidad. Explicó a sus alumnos, de nueve años, qué es la diabetes y qué tenían que hacer si un día se encontraba mal. Los niños se lo tomaron muy en serio y, desde entonces, le preguntan cada mañana: «Profe, ¿cómo tienes el azúcar hoy?».
Han pasado dos años. Esther sigue haciendo su vida normal: trabaja, viaja y ha empezado a correr. «La diabetes no me define», dice. «Es parte de mi vida, pero no es mi vida».