El equipo de marketing de una empresa de cosméticos de Barcelona siempre había funcionado bien. Eran cinco personas, se llevaban bien y los resultados eran buenos. Pero todo cambió en febrero, cuando llegó una nueva directora, Alicia, con ideas muy diferentes.
Alicia venía de una gran multinacional y quería cambiar muchas cosas rápidamente. En su primera semana, anunció que las reuniones serían diarias, a las ocho y media de la mañana, y que cada persona tendría que presentar un informe semanal de resultados. También decidió cambiar la estrategia de la empresa en redes sociales sin consultar con el equipo.
La reacción fue mala. Jaume, el miembro más veterano, que llevaba doce años en la empresa, se sintió ignorado. Él había creado la estrategia anterior, que funcionaba bien. Natalia, que tiene dos hijos pequeños, no podía llegar a las ocho y media porque los llevaba al colegio. Y Óscar, el más joven, empezó a buscar otro trabajo en secreto.
El ambiente se volvió tenso. En las reuniones, Jaume criticaba todas las propuestas de Alicia. Ella, a su vez, empezó a dar los proyectos más interesantes a otros compañeros. Había comentarios a sus espaldas, silencios incómodos en la cafetería y correos electrónicos con un tono cada vez más frío. Los resultados empezaron a bajar.
En mayo, el director general se dio cuenta del problema y propuso una solución: un taller de comunicación con una mediadora externa. Al principio, nadie quería ir. Pero durante dos días, en una sala fuera de la oficina, cada uno pudo expresar cómo se sentía. Alicia explicó que tenía mucha presión de la dirección para mejorar los resultados y que quizá había querido ir demasiado rápido. Jaume reconoció que le había costado aceptar a una jefa nueva.
A partir de ese taller, las cosas mejoraron. Acordaron que las reuniones serían dos veces por semana, a las diez. Alicia empezó a pedir la opinión del equipo antes de tomar decisiones importantes. Y Jaume aceptó probar algunas de sus ideas nuevas.
No todo se ha solucionado. Óscar se fue a otra empresa en junio. Pero el resto del equipo trabaja mejor que antes. «Aprendimos que los conflictos no se resuelven solos», dice Natalia. «Hay que hablar de ellos».