En el pueblo de la abuela Rosario, en la provincia de Zamora, todas las casas antiguas tienen un horno de leña. Rosario, que hoy tiene ochenta y seis años, aprendió a hacerlo de su madre cuando tenía diez. Este verano, su nieta Celia, de veintiocho años, le pidió que le enseñara.
«Mi abuela es la última persona de la familia que sabe hacerlo», explica Celia. «Si no aprendo yo, se perderá». Así que se tomó una semana de vacaciones y fue al pueblo.
El proceso empezó el día anterior. Rosario sacó de la despensa un tarro con la masa madre, una mezcla de harina y agua que fermenta naturalmente y que ella guarda desde hace décadas. «Es más vieja que tú», le dijo a su nieta riéndose. Mezclaron la masa madre con harina, agua templada y sal en una artesa de madera, y la dejaron reposar toda la noche tapada con una manta.
A la mañana siguiente, la masa había crecido el doble. Rosario le enseñó a amasarla con las palmas de las manos, doblándola una y otra vez. Celia se cansó enseguida: «Me dolían los brazos después de diez minutos, y mi abuela seguía como si nada». Después dieron forma a las hogazas y las dejaron reposar otra vez mientras encendían el horno.
Calentar el horno de leña es todo un arte. Hay que quemar la leña durante más de una hora, hasta que las paredes del horno se ponen blancas. Rosario no usaba termómetro: metía la mano dentro y sabía, por el calor, si estaba listo. Luego retiraron las brasas, limpiaron el suelo del horno con un trapo húmedo y metieron las hogazas con una pala de madera.
Una hora después, el olor llenaba toda la calle. Algunos vecinos se acercaron a ver qué pasaba. Cuando sacaron el pan, dorado y crujiente, Celia sintió una emoción que no esperaba. Lo comieron todavía caliente, con aceite de oliva y un poco de sal.
Celia se llevó a Madrid un poco de la masa madre de su abuela. Ahora hace pan en su horno eléctrico cada domingo. «No es lo mismo que en el horno de leña», reconoce. «Pero cada vez que lo hago, me acuerdo de ella».