Gabriel tiene veintidós años y estudia Matemáticas en la Universidad de Salamanca. Para ganar algo de dinero, desde hace un año da clases particulares a Lucas, un chico de catorce años que estaba a punto de suspender las matemáticas de tercero de ESO. Se ven los martes y jueves por la tarde, una hora y media, en el salón de la casa de Lucas.
La primera clase fue complicada. Lucas estaba sentado con los brazos cruzados y no quería hablar. «Las mates no son lo mío», le dijo. «Soy de letras». Su madre le había contado a Gabriel que su hijo había sacado un dos en el último examen y que había perdido toda la confianza en sí mismo.
Gabriel se dio cuenta enseguida de que el problema no era la inteligencia de Lucas. El chico tenía lagunas desde primaria: no dominaba las fracciones ni los porcentajes, y por eso todo lo nuevo le parecía imposible. «Es como intentar construir el segundo piso de una casa sin tener el primero», le explicó Gabriel a la madre.
Así que decidió empezar desde el principio, sin prisa. En lugar de hacer ejercicios del libro, usaba ejemplos de la vida real que le interesaban a Lucas: calcular el descuento de unas zapatillas, las estadísticas de su equipo de baloncesto favorito o cuánto tiempo tardaría en ahorrar para una consola. También le enseñó a no tener miedo a equivocarse. «Los errores son la mejor manera de aprender», le repetía.
Poco a poco, Lucas empezó a cambiar. Ya no se cruzaba de brazos, hacía preguntas y, a veces, incluso le corregía a Gabriel cuando se equivocaba al escribir. En el segundo trimestre sacó un cinco y medio. En el tercero, un siete. Su madre casi no se lo creía.
Para Gabriel, la experiencia también ha sido importante. Siempre había pensado en dedicarse a la investigación, pero ahora no está tan seguro. «Ver cómo alguien entiende algo que antes le parecía imposible es una sensación increíble», dice. Ha empezado a pensar en hacer el máster de profesorado.
Lucas, por su parte, ha cambiado de opinión sobre las matemáticas. «No es que me encanten», dice con una sonrisa. «Pero ya no las odio».