Antes de tener hijos, las vacaciones de Clara y Tomás eran sinónimo de aventura: mochilas, vuelos baratos, ciudades nuevas y cenas hasta medianoche. El verano pasado, con sus dos peques, Mateo, de tres años, y Olivia, de diez meses, se fueron por primera vez de vacaciones los cuatro. Eligieron un apartamento en la playa de Peñíscola, en Castellón, a solo dos horas en coche de su casa en Teruel. «Pensamos que sería fácil», dice Clara riendo. «Qué inocentes éramos».
Solo para hacer las maletas necesitaron una tarde entera. La cuna de viaje, el carrito, la sillita para el coche, pañales, biberones, juguetes, cremas, ropa para todo tipo de tiempo... El maletero estaba tan lleno que Tomás tuvo que sentarse con una bolsa en las rodillas. El viaje, que normalmente dura dos horas, duró casi cuatro: tuvieron que parar tres veces porque Mateo se mareó y Olivia lloraba.
Los primeros días fueron caóticos. Olivia no dormía bien en la cuna de viaje y se despertaba cada dos horas. Mateo estaba tan emocionado con el mar que quería estar en la playa todo el día, pero a mediodía hacía demasiado calor para los niños. Clara y Tomás estaban más cansados que en casa. «La primera noche nos miramos y pensamos: ¿por qué hemos hecho esto?», recuerda Tomás.
Pero a partir del tercer día, encontraron un ritmo. Iban a la playa temprano, de nueve a doce, cuando el sol no era tan fuerte. Después comían en el apartamento y los niños dormían la siesta. Por la tarde visitaban el castillo del Papa Luna o paseaban por el puerto, y cenaban pronto en alguna terraza con zona de juegos.
Poco a poco, también aprendieron a relajarse. Dejaron de intentar hacer todo lo que hacían antes y se adaptaron al ritmo de los niños. Descubrieron placeres nuevos: ver a Mateo construir su primer castillo de arena, o la cara de Olivia al tocar el agua del mar por primera vez.
«No fueron unas vacaciones de descanso», resume Clara. «Fueron unas vacaciones de recuerdos». El año que viene repetirán, aunque con una lista de equipaje mucho más corta.