El primer jueves de cada mes, a las nueve de la noche, seis amigos se reúnen en casa de alguno de ellos en Alicante. Llevan comida, bebida y, sobre todo, cajas de juegos de mesa. Lo hacen desde hace cinco años, y en todo ese tiempo solo han cancelado dos veces: una por una boda y otra por un temporal.
Todo empezó con Héctor, un informático que se aficionó a los juegos de mesa modernos durante una temporada en la que estuvo en paro. «Descubrí que había un mundo enorme más allá del parchís y la oca», explica. Invitó a unos amigos a probar un juego de construir ciudades, y les gustó tanto que decidieron repetir. Poco a poco, el grupo creció hasta los seis miembros actuales.
Con los años, han desarrollado sus propias tradiciones. El anfitrión elige los juegos y prepara la cena, normalmente algo fácil de comer con las manos, para no manchar las cartas. Hay una libreta donde apuntan las victorias de cada uno desde el primer día. Y al final de cada año, el que más partidas ha ganado recibe un trofeo de plástico ridículo: un dragón dorado que pasa de casa en casa.
Los juegos son de todo tipo. Hay juegos de estrategia, que pueden durar hasta tres horas y requieren mucha concentración. Hay juegos cooperativos, en los que todos juegan juntos contra el propio juego. Y hay juegos rápidos y divertidos para terminar la noche, en los que hay que adivinar palabras o mentir sin que te descubran. «Esos son los que más risas provocan», dice Elisa, una de las jugadoras.
Para ellos, lo importante no es ganar. «Es una excusa para vernos», explica Elisa. «Con el trabajo, los hijos y todo lo demás, sin esta cita fija nos veríamos muy poco». En estos cinco años, el grupo ha vivido muchas cosas juntos: dos bodas, tres nacimientos, una mudanza a otra ciudad y una enfermedad grave que, por suerte, terminó bien.
Ahora, entre todos, tienen más de ciento cincuenta juegos. Ya están pensando en cómo celebrar el décimo aniversario. Héctor tiene una idea: diseñar entre todos un juego propio, con personajes basados en ellos mismos.