Cada mañana, a las seis y cuarto, suena el despertador de Ana. Vive en Guadalajara y trabaja en una empresa de seguros en el centro de Madrid. Como no puede permitirse un piso en la capital, va y viene cada día en tren de Cercanías. Entre el camino a la estación, el tren y el metro, pasa casi tres horas diarias viajando.
El tren de las seis y cincuenta suele ir lleno. Si llega pronto al andén, consigue sentarse; si no, va de pie todo el viaje, que dura una hora. Hay días en que el tren llega con retraso por una avería o por obras en las vías, y entonces llega tarde al trabajo. Su jefe es comprensivo, pero a Ana le da mucha rabia. «Salgo de casa con tiempo y aun así llego tarde. No depende de mí».
Con los años, ha desarrollado sus propias estrategias. Siempre se sube al mismo vagón, el tercero, porque se para justo delante de la escalera de salida. Lleva auriculares con cancelación de ruido, un libro y una pequeña almohada para el cuello. En el viaje de ida, suele dormir o leer. En el de vuelta, aprovecha para contestar mensajes, planificar la semana o ver alguna serie.
También ha conocido a otros viajeros habituales. Hay un grupo de cuatro o cinco personas que coinciden cada mañana en el mismo vagón: un profesor, una enfermera, un estudiante de Derecho... Al principio solo se saludaban, pero ahora charlan, comparten noticias y hasta han quedado alguna vez para cenar. «Somos como una familia del tren», dice Ana riendo.
El abono de transporte le sale bastante barato gracias a las ayudas del Gobierno, pero el coste más alto es el tiempo. Ana calcula que pasa unas seiscientas horas al año en el transporte público. «Es como un trabajo a tiempo parcial», dice. Por eso ha pedido a su empresa poder teletrabajar dos días a la semana, y su jefe lo está estudiando.
A pesar de todo, no se arrepiente. En Guadalajara paga la mitad de alquiler, vive cerca de sus padres y tiene un parque enorme al lado de casa. «Es un sacrificio», reconoce. «Pero de momento, me compensa».