El salón de Teresa, en un piso antiguo del centro de Cáceres, no es muy grande: cabe un sofá, una estantería con libros, un piano viejo y, si se apartan los muebles, unas treinta sillas. Pero una vez al mes, ese salón se convierte en una pequeña sala de conciertos.
Todo empezó hace tres años. Teresa, profesora de música en un conservatorio, tenía un amigo violonchelista que acababa de grabar un disco pero no encontraba sitios para tocar. «Los bares solo quieren música para bailar, y las salas grandes no se arriesgan con músicos desconocidos», explica. Así que le propuso tocar en su casa. Invitó a veinte amigos, cada uno trajo algo de comer y beber, y el concierto fue un éxito.
Desde entonces, organiza un concierto cada mes. Han pasado por su salón cantautoras, un cuarteto de jazz, un guitarrista flamenco y hasta un coro de seis voces. La entrada no tiene precio fijo: al final, se pasa un sombrero y cada persona deja lo que quiere. Todo el dinero es para los músicos. Normalmente reúnen entre trescientos y quinientos euros, más de lo que muchos ganarían en un bar.
El público es muy variado: estudiantes, jubilados, vecinos del edificio y amigos de amigos. Las invitaciones se hacen por un grupo de mensajería, y las plazas se llenan en pocas horas. La dirección exacta solo se envía a los que confirman.
Lo especial de estos conciertos es la cercanía. No hay escenario ni micrófonos; los músicos tocan a dos metros del público. «Se oye la respiración del cantante, el ruido de los dedos en las cuerdas», dice Gonzalo, un asistente habitual. «Es una experiencia totalmente distinta a un concierto normal». Al terminar, músicos y público se quedan charlando con una copa de vino.
No todo es fácil. Teresa tuvo que hablar con los vecinos para explicarles el proyecto, y los conciertos siempre terminan antes de las once para no molestar. Además, después tiene que limpiar y volver a colocar los muebles. Pero no piensa dejarlo. «La música en directo necesita espacios así», dice. «Y yo necesito estas noches».