Después de las fiestas de Navidad, Javier, un comercial de cuarenta y cuatro años de Castellón, se subió a la báscula y no le gustó lo que vio: había engordado cinco kilos en un mes. Las cenas de empresa, los turrones y las comidas familiares habían hecho su efecto. Un compañero de trabajo le habló del ayuno intermitente, una forma de comer que se había puesto de moda, y Javier decidió probarlo.
El método que eligió es el más popular: el llamado 16/8. Consiste en comer solo durante ocho horas al día y no comer nada durante las otras dieciséis. En su caso, decidió comer entre las doce del mediodía y las ocho de la tarde. Fuera de ese horario, solo podía tomar agua, café solo o infusiones sin azúcar.
Los primeros días fueron difíciles. Javier siempre había desayunado tostadas con aceite y un café con leche antes de salir de casa, y a las diez de la mañana tenía un hambre terrible. Estaba de mal humor y le costaba concentrarse en las visitas a los clientes. Pero después de una semana, su cuerpo empezó a acostumbrarse.
Antes de seguir, decidió consultar con su médica de cabecera. Ella le explicó que el ayuno intermitente puede ayudar a algunas personas a perder peso, pero que no es mágico. «Lo importante no es solo cuándo comes, sino qué comes», le dijo. «Si en ocho horas comes bollos y patatas fritas, no servirá de nada». También le advirtió que no es recomendable para todo el mundo: por ejemplo, para personas con diabetes, embarazadas o con problemas de alimentación.
Siguiendo sus consejos, Javier combinó el ayuno con una dieta más sana: más verduras, legumbres y pescado, y menos dulces y alcohol.
Tres meses después, había perdido seis kilos y se sentía con más energía. Sin embargo, no todo fue positivo. Los fines de semana, con las comidas familiares, le costaba mucho respetar el horario, y a veces se sentía demasiado obsesionado con el reloj.
Ahora ha encontrado un equilibrio: sigue el ayuno de lunes a viernes, pero los fines de semana come con normalidad. «No quiero que comer se convierta en un problema», dice. «Quiero disfrutar de la comida sin culpa».