Querida Silvia:
Hoy cumplo cuarenta años, y he decidido escribirte esta carta. Tú tienes veinte, estudias Periodismo en Salamanca y crees que lo sabes casi todo. Yo era tú, y ahora me gustaría contarte algunas cosas que he aprendido por el camino.
Lo primero: deja de preocuparte tanto por lo que piensan los demás. Ahora mismo pasas horas pensando si tu ropa es la adecuada o si dijiste algo tonto en una fiesta. Te prometo que nadie lo recuerda. La gente está demasiado ocupada pensando en sí misma.
Lo segundo: llama más a la abuela. Sé que ahora te parece que siempre estará ahí, y que tienes cosas más importantes que hacer. No es así. Dentro de seis años ya no estará, y darías cualquier cosa por escuchar otra vez sus historias de cuando era joven en el pueblo.
Lo tercero: no tengas tanto miedo a equivocarte. Vas a cometer errores: elegirás un trabajo que no te gusta, te enamorarás de la persona equivocada y gastarás dinero en cosas absurdas. Pero cada uno de esos errores te enseñará algo. Los peores momentos de tu vida serán también los que te harán más fuerte.
Lo cuarto: cuida tu cuerpo. Duerme más, come mejor y, por favor, ponte crema solar. Ahora te parece aburrido, pero a los cuarenta lo agradecerás.
También quiero contarte algunas cosas buenas. No vas a ser periodista, como sueñas ahora. Vas a dejar la carrera a los veinticuatro, a trabajar en una librería y, al final, a abrir la tuya propia en el barrio del Carmen, en Valencia. Te va a ir bien. Tendrás una hija maravillosa, Lucía, que tiene tu misma risa. Y descubrirás que la felicidad no está en las grandes cosas, sino en los domingos tranquilos, en un buen libro y en una conversación larga con una amiga.
Por último, sé amable contigo misma. Hablas de ti con una dureza que nunca usarías con una amiga. No te la mereces.
Con mucho cariño,
Silvia, a los cuarenta