En el bar Casa Paco, en un pueblo de la sierra de Cazorla, en Jaén, hay una mesa al fondo que lleva cuarenta años ocupada por los mismos hombres. Todas las tardes, a las cinco, cuatro jubilados del pueblo se sientan allí a jugar al dominó, tomar un café y comentar las noticias. Es una tradición que nadie se atreve a romper.
Por eso, cuando el verano pasado llegaron al pueblo dos parejas jóvenes de Madrid, que habían comprado casas para teletrabajar, la gente del bar los miró con curiosidad y algo de desconfianza. Los nuevos venían al bar con sus portátiles, pedían cafés con leche de avena, que Paco no tenía, y hablaban de cosas que los viejos no entendían: reuniones por videoconferencia, aplicaciones, criptomonedas.
Una tarde, todo cambió por casualidad. A uno de los jugadores de dominó, Manolo, le faltaba un compañero porque su amigo Julián estaba enfermo. Daniel, uno de los madrileños, que estaba sentado cerca, se ofreció. «Yo jugaba con mi abuelo de pequeño», dijo. Los viejos se miraron, dudaron y, al final, aceptaron. Daniel perdió las tres primeras partidas, pero se ganó su respeto por no enfadarse.
Desde ese día, Daniel se sienta en la mesa del fondo casi todas las tardes. Los viejos le enseñan trucos del dominó y le cuentan historias del pueblo: cómo era la vida antes, cuando no había carretera, o el año en que nevó tanto que estuvieron aislados dos semanas. Él, a cambio, le ha enseñado a Manolo a hacer videollamadas con su nieto, que vive en Alemania.
Poco a poco, los demás recién llegados también se han integrado. Lucía, la novia de Daniel, ayuda a organizar las fiestas del pueblo, y la otra pareja ha abierto una pequeña librería. Paco, el dueño del bar, ha empezado a comprar leche de avena.
No todo es perfecto. Algunos vecinos se quejan de que los precios de las casas han subido desde que llegó gente de fuera. Pero la mayoría cree que es positivo. «El pueblo se estaba quedando vacío», dice Manolo. «Si viene gente joven, aunque sea con sus ordenadores, el pueblo sigue vivo».