Durante veinte años, Yolanda trabajó como dependienta en una tienda de ropa del centro de Jerez. Le gustaba el contacto con los clientes, pero los horarios eran agotadores: trabajaba muchos sábados, los domingos de rebajas y casi todas las Navidades. Además, el sueldo apenas había subido en todo ese tiempo.
Cuando cumplió cuarenta y cinco años, la tienda cerró. «Al principio me hundí», cuenta. «Pensaba que a mi edad nadie me contrataría». Durante dos meses buscó trabajo en otras tiendas, pero solo encontraba contratos de pocas horas y mal pagados.
Fue su hija, que estudiaba Enfermería, quien le dio la idea. «Mamá, tú siempre has cuidado de todo el mundo. ¿Por qué no te formas como auxiliar de enfermería?». Yolanda se rio, pero esa noche no pudo dormir pensando en ello. A la semana siguiente fue a informarse a un centro de formación profesional.
Descubrió que podía hacer un ciclo formativo de grado medio en dos años, con prácticas en un hospital. Lo más difícil fue la decisión de dejar de ganar dinero durante ese tiempo. Su marido la apoyó desde el principio, y con el paro y algunos ahorros pudieron organizarse.
El primer día de clase se sintió fuera de lugar. La mayoría de sus compañeros tenían dieciocho o veinte años. «Me sentaba en la última fila y no me atrevía a preguntar», recuerda. Pero pronto descubrió que su experiencia era una ventaja: sabía tratar con la gente, tenía paciencia y era muy organizada. Los jóvenes empezaron a pedirle ayuda con los apuntes, y ella a ellos con los ordenadores.
Las prácticas en el hospital confirmaron que había acertado. Al terminar, el mismo hospital le ofreció un contrato. Hoy, con cuarenta y ocho años, trabaja en la planta de traumatología. «Gano un poco más, pero lo importante es que me siento útil», dice. «Si alguien me hubiera dicho hace cinco años que acabaría aquí, no me lo habría creído».