Amparo tiene setenta y tres años, vive sola en Badajoz desde que murió su marido y se considera una persona prudente. Hace dos años aprendió a usar la banca por internet gracias a su nieta, y desde entonces paga sus facturas desde el móvil. Por eso, lo que le ocurrió el mes pasado la dejó tan sorprendida.
Un martes por la tarde recibió un mensaje de texto que parecía de su banco. Decía que alguien había intentado sacar dinero de su cuenta desde otro país y que, para bloquear la operación, tenía que pulsar un enlace. Amparo se puso muy nerviosa. Pulsó el enlace y apareció una página idéntica a la de su banco, con el mismo logotipo y los mismos colores.
Cuando estaba a punto de escribir su contraseña, sonó el teléfono. Un hombre muy amable, que dijo llamarse Daniel y trabajar en el departamento de seguridad del banco, le explicó que estaban viendo la operación sospechosa en ese momento. «Para protegerla, necesito que me diga el código que le va a llegar ahora por mensaje», le pidió.
Algo le pareció raro. Su nieta le había dicho mil veces que el banco nunca pide códigos por teléfono. Amparo dudó y le dijo que prefería llamar ella misma al banco. El hombre cambió de tono y empezó a meterle prisa: «Si cuelga, perderá todos sus ahorros». En ese momento, Amparo estuvo segura de que era un engaño y colgó.
Inmediatamente llamó al número que aparece detrás de su tarjeta. La empleada le confirmó que no había ninguna operación sospechosa y que se trataba de una estafa muy habitual. Le recomendó que cambiara la contraseña y que lo denunciara a la policía, cosa que hizo al día siguiente.
«Si no hubiera sonado el teléfono justo entonces, quizá habría caído en la trampa y habría escrito la contraseña», reconoce Amparo. Ahora cuenta su historia a sus amigas del centro de mayores. «Les digo siempre lo mismo: si te meten prisa, desconfía. Los bancos de verdad no tienen tanta prisa».