Hace quince años, Valdelinares del Monte, un pequeño pueblo de la provincia de Teruel, tenía solo veintitrés habitantes, casi todos mayores de setenta años. La escuela había cerrado en los años ochenta, el último bar cerró en 2009 y muchas casas estaban en ruinas. Como tantos pueblos de la llamada «España vaciada», parecía condenado a desaparecer.
Todo empezó a cambiar gracias a Clara y Javier, una pareja de Barcelona que estaba cansada del estrés de la ciudad. Clara es ingeniera informática y Javier, fotógrafo. En 2012 compraron una casa antigua por muy poco dinero y la rehabilitaron ellos mismos. «Mucha gente pensaba que estábamos locos», recuerda Clara. «Pero con una buena conexión a internet, yo podía trabajar desde cualquier sitio».
El problema era precisamente internet: en el pueblo casi no había. Clara se reunió con el alcalde y con otros pueblos de la comarca, y juntos consiguieron que llegara la fibra óptica. Fue la clave de todo. Poco a poco, otras familias jóvenes que también teletrabajaban empezaron a interesarse por el pueblo.
El ayuntamiento, por su parte, ofreció casas municipales con alquileres muy bajos a quien se comprometiera a vivir allí todo el año. Llegaron una panadera de Valencia, un carpintero argentino y una pareja que abrió una casa rural. Con los nuevos vecinos llegaron también los niños, y en 2019, después de casi cuarenta años, la escuela volvió a abrir con nueve alumnos.
Hoy Valdelinares tiene ciento diez habitantes. Hay un bar, una tienda, un pequeño espacio de trabajo compartido y un festival de fotografía que organiza Javier cada verano. Los vecinos mayores están encantados. «Antes solo oíamos el viento», dice Teresa, de ochenta y cuatro años. «Ahora oigo a los niños jugar en la plaza, como cuando yo era pequeña».
No todo es perfecto: el médico solo viene dos días a la semana y el hospital está a una hora. Pero nadie quiere volver a la ciudad.