Cada sábado, a las nueve de la mañana, mientras la mayoría de sus amigos todavía duerme, Inés coge el autobús hacia las afueras de Córdoba. Allí está la protectora de animales donde trabaja como voluntaria desde hace dos años. Tiene veintiséis años y es contable en una empresa de lunes a viernes.
Empezó casi por casualidad. Un día vio en las redes sociales que la protectora necesitaba gente para pasear a los perros los fines de semana. «Siempre había querido tener un perro, pero mi piso es muy pequeño. Pensé que sería una forma de estar con animales sin tener que adoptar», explica.
La protectora acoge a unos ciento cincuenta perros y ochenta gatos. Muchos han sido abandonados por sus dueños, sobre todo después del verano o de Navidad, cuando algunos regalos se convierten en un problema. El trabajo de los voluntarios es variado: limpian las jaulas, preparan la comida, bañan a los animales y, lo más importante, les dan cariño.
Al principio, a Inés le costaba mucho. «Había perros que tenían miedo de las personas porque los habían maltratado. Algunos no se dejaban tocar durante semanas». Uno de ellos era Trufa, una perra negra que se escondía en un rincón cada vez que alguien entraba. Inés pasó meses sentándose cerca de ella, sin hablar, hasta que un día Trufa se le acercó y apoyó la cabeza en su pierna. «Ese día lloré», confiesa.
El año pasado, una familia adoptó a Trufa. Inés fue a despedirse y, aunque estaba triste, sintió que todo su esfuerzo había valido la pena. Ahora la familia le envía fotos de vez en cuando.
Inés anima a todo el mundo a hacer voluntariado. «No hace falta tener mucho tiempo. Con unas horas a la semana puedes cambiar la vida de un animal. Y, sinceramente, ellos también te cambian la vida a ti».