En casa de los Prieto, en Oviedo, las noticias han cambiado mucho en tres generaciones. El abuelo, don Germán, tiene ochenta años y todavía baja cada mañana al quiosco de la esquina a comprar el periódico. Lo lee entero con un café, desde la portada hasta las esquelas. «Si no lo leo en papel, no me lo creo», dice medio en broma.
Su hija, Mercedes, de cincuenta y dos años, creció con el periódico del abuelo y con el telediario de las nueve, que veía toda la familia durante la cena. «Era un momento sagrado. Nadie podía hablar mientras hablaba el presentador», recuerda. Hoy sigue viendo el telediario, pero también escucha la radio en el coche y lee las noticias en la tableta antes de dormir.
Para los nietos, en cambio, la situación es completamente distinta. Sergio, de diecinueve años, nunca ha comprado un periódico. Se informa a través de las redes sociales, de vídeos cortos y de algunos pódcast que escucha mientras va a la universidad. «Me entero de todo antes que mi madre», dice orgulloso. Su hermana Lucía, de quince, reconoce que a veces solo lee los titulares.
Esta diferencia provoca algunas discusiones en las comidas familiares. Don Germán se queja de que los jóvenes creen todo lo que ven en internet. Sergio responde que los periódicos también tienen su ideología y que en las redes, al menos, puedes comparar muchas fuentes. Mercedes intenta poner paz: «Lo importante no es dónde lees la noticia, sino comprobar si es verdad».
Después de una noticia falsa sobre su propio barrio que Lucía compartió con sus amigos, la familia llegó a un acuerdo. Ahora, antes de reenviar algo, los nietos tienen que buscarlo al menos en dos medios diferentes. Y el abuelo, por su parte, ha prometido aprender a usar la tableta. «Pero el periódico de los domingos no me lo quita nadie», advierte.