Cuando Álex, Paula, Marcos y Nadia alquilaron juntos un piso de estudiantes en Salamanca, en septiembre, todo parecía perfecto. Los cuatro estudiaban en la universidad, les gustaba salir y cocinaban juntos los domingos. Pero en noviembre empezó lo que Paula llama «la guerra de la limpieza».
El problema era la cocina. Marcos cocinaba casi todas las noches, platos complicados y deliciosos, pero dejaba las sartenes y las ollas sucias en el fregadero hasta el día siguiente, o hasta dos días después. Nadia, que se levantaba temprano para ir a clase, se encontraba cada mañana con una montaña de platos. Al principio no dijo nada, pero poco a poco se fue enfadando.
Una mañana, Nadia perdió la paciencia y dejó una nota en la nevera: «A quien le corresponda: los platos no se lavan solos». Marcos se sintió atacado. «Si tienes un problema conmigo, dímelo a la cara», le respondió esa noche. La discusión subió de tono y Álex y Paula tuvieron que intervenir. Durante una semana, Nadia y Marcos casi no se hablaban, y el ambiente en el piso era muy tenso.
Al final, Paula propuso una reunión el domingo por la tarde. Se sentaron en el salón con un café y cada uno explicó cómo se sentía. Marcos admitió que era desordenado, pero dijo que la nota le había parecido una falta de respeto. Nadia reconoció que debería haber hablado con él antes de escribirla.
Entre todos hicieron un calendario de tareas: cada semana, una persona se encarga del baño, otra de la cocina, otra del salón y otra de la basura. Además, aprobaron una regla de oro: quien cocina, friega antes de irse a dormir. También acordaron que, si alguien tiene un problema, lo dirá directamente, sin notas.
Desde entonces, la convivencia ha mejorado mucho. Y Marcos, como gesto de paz, le preparó a Nadia su plato favorito. Esa noche, por cierto, fregó todo antes de las doce.