Mehmet es diseñador gráfico y llegó a Málaga desde Estambul hace ocho meses, cuando su mujer consiguió un puesto en la universidad. En Turquía había trabajado diez años en una agencia importante, pero en España nadie lo conocía. Durante meses envió su currículum a decenas de empresas sin recibir respuesta.
Por fin, un lunes, le llamaron de un estudio de diseño pequeño que buscaba a alguien con experiencia en marcas internacionales. La entrevista era el jueves y Mehmet estaba muy nervioso, sobre todo por el idioma. Había estudiado español todos los días, pero temía no entender las preguntas o no encontrar las palabras adecuadas.
Para prepararse, le pidió a su profesora de la academia que practicara con él una entrevista de trabajo. Ella le hizo preguntas típicas: «¿Cuáles son sus puntos fuertes?», «¿Por qué quiere trabajar con nosotros?», «¿Dónde se ve dentro de cinco años?». Mehmet escribió sus respuestas y las repitió hasta que le salieron con naturalidad.
El jueves llegó diez minutos antes. Le recibieron la directora del estudio, Raquel, y un diseñador joven. Para su sorpresa, la conversación fue muy relajada. Raquel le pidió que les enseñara su portafolio y le hizo muchas preguntas sobre sus proyectos en Turquía. Cuando Mehmet no entendía algo, pedía que se lo repitieran, y nadie pareció molesto.
La parte más difícil llegó al final. Raquel le preguntó qué sueldo esperaba. Mehmet no conocía bien los salarios en España y dudó. «Me gustaría algo justo para mi experiencia», respondió, y Raquel sonrió.
Una semana después, recibió un correo: le ofrecían un contrato de seis meses, con posibilidad de hacerlo indefinido. Mehmet aceptó sin pensarlo. «Lo que más me ayudó fue no fingir que lo entendía todo», dice ahora. «Ser sincero me dio confianza».