Hace exactamente un año, la familia Romero tomó una decisión que sorprendió a todos sus amigos: vender el coche. Vivían en un barrio bien comunicado de Valencia, pero, como casi todo el mundo, usaban el coche para todo, incluso para ir a comprar el pan.
La idea fue de Marta, la madre, después de hacer las cuentas. Entre el seguro, la gasolina, el aparcamiento, los impuestos y las reparaciones, el coche les costaba casi cuatro mil euros al año. «Y la mayor parte del tiempo estaba parado en el garaje», recuerda. Su marido, Toni, no estaba nada convencido. «Pensaba que sería imposible organizarnos con dos niños», admite.
Los primeros meses no fueron fáciles. Tuvieron que aprender los horarios del metro y de los autobuses, y compraron dos bicicletas, una de ellas con una silla para el pequeño. Cuando llovía, llegar al colegio a tiempo era una pequeña aventura. Para las compras grandes empezaron a pedir la comida a domicilio una vez al mes.
Para los viajes largos, alquilan un coche o usan un servicio de coche compartido que hay en el barrio. «Pagas solo por las horas que lo usas. Es mucho más barato de lo que creíamos», explica Marta.
Ahora, doce meses después, el balance es positivo. Han ahorrado más de dos mil euros, hacen mucho más ejercicio y los niños conocen mejor su barrio. Toni, que era el más escéptico, va al trabajo en bici todos los días y dice que nunca se había sentido tan en forma.
¿Lo recomendarían a otras familias? «Depende», dice Marta. «Si vives en un pueblo sin transporte público, es casi imposible. Pero en una ciudad, merece la pena intentarlo. Lo más difícil es cambiar los hábitos». Toni añade, riéndose: «Lo único que echo de menos es poner la música muy alta en la autopista».