El mes pasado Elena organizó una cena un poco especial en su piso de Granada. Invitó a ocho compañeros de su máster, todos de países diferentes. La regla era sencilla: cada invitado tenía que traer un plato de su país.
El sábado por la noche la mesa estaba llena de platos de colores. Kenji, de Japón, había preparado onigiris, bolitas de arroz con pescado dentro. Ana, de México, trajo tacos de pollo, muy picantes. Fátima, de Marruecos, había cocinado un tajín de verduras y ciruelas. Lukas, de Alemania, trajo una ensalada de patatas. Elena, por su parte, hizo una tortilla de patatas, claro.
Cada uno presentó su plato y explicó cómo se come en su país. Kenji enseñó a usar los palillos. Todos probaron de todo. Lukas se bebió tres vasos de agua después de los tacos de Ana.
De postre, Fátima también había traído cuernos de gacela, unas pastas de almendra. Hablaron de sus familias, de sus fiestas y de sus recuerdos de infancia hasta las dos de la madrugada.
Al final Ana tuvo una idea: escribir todas las recetas en un librito. Ahora organizan una cena del mundo cada mes, cada vez en casa de una persona diferente.