Por sus ochenta años, la familia del abuelo Manuel le regaló un móvil inteligente. Durante veinte años había usado un móvil viejo de tapa, solo para llamar. «No necesito este cacharro», dijo al abrir el paquete. Pero su nieta Marta, de quince años, prometió ayudarle.
Todos los miércoles por la tarde Marta iba a su casa, en Oviedo, para darle clase. La primera vez el abuelo ni siquiera conseguía desbloquear la pantalla. Marta agrandó las letras, porque el abuelo veía mal.
Poco a poco Manuel hizo progresos. Primero aprendió a mandar mensajes. Escribía despacio, con un solo dedo, y siempre firmaba: «Besos, el abuelo Manuel». Luego Marta le enseñó a hacer fotos. El abuelo fotografió su huerta, sus tomates y hasta su pie, sin querer.
El momento más bonito llegó en junio. Marta le enseñó a hacer una videollamada. Manuel llamó a su hijo, que vive en México. Cuando vio su cara y a sus nietos en la pantalla, se le saltaron las lágrimas.
Hoy el abuelo usa el móvil todos los días. Mira el tiempo, escucha la radio y manda fotos de sus verduras a toda la familia. Ahora hay un problema nuevo: ¡en la mesa no suelta el móvil!