El verano pasado Lucía, de diecisiete años, encontró su primer trabajo: dependienta en una heladería del paseo marítimo de San Sebastián. Quería ganar dinero para sacarse el carné de conducir.
El primer día el dueño, Íñigo, se lo explicó todo. Había treinta y dos sabores: vainilla, chocolate, fresa, pero también helado de queso con membrillo, la especialidad de la casa. Lucía tenía que atender a los clientes, cobrar y limpiar el mostrador. Aprendió a hacer bolas bonitas y redondas con la cuchara. Al principio sus bolas eran demasiado grandes e Íñigo bromeó: «¡Así me voy a arruinar!»
El trabajo era cansado. Lucía trabajaba de dos de la tarde a diez de la noche, cinco días a la semana. Los días de sol la cola llegaba hasta el final de la calle. Estaba de pie ocho horas y por la noche le dolían los pies y el brazo derecho.
Pero también había buenos momentos. Hablaba inglés y francés con los turistas, se hizo amiga de los chicos de los otros puestos del paseo y los niños eran muy graciosos. Un niño tardó diez minutos en elegir sabor y al final pidió vainilla.
A finales de agosto Lucía había ganado mil ochocientos euros. Se apuntó a la autoescuela. Y tiene un problema nuevo: ¡ya no puede comer helado!