Desde hacía mucho tiempo Ana quería un animal. Vivía sola en un piso de Málaga desde la muerte de su marido, y la casa le parecía demasiado silenciosa. Un sábado de marzo fue a la protectora de animales, a las afueras de la ciudad.
En una sala grande había unos treinta gatos. Los gatitos jugaban juntos y maullaban muy fuerte. Pero en un rincón un gato gris y gordo dormía solo en una cesta. Una voluntaria le explicó: «Es Bigotes. Tiene diez años. Nadie lo quiere porque es viejo. Lleva aquí un año.»
Ana se acercó. Bigotes abrió un ojo, se levantó y vino a frotarse contra su pierna. Ronroneaba muy fuerte. Ana sonrió: había encontrado a su gato.
Antes de llevárselo tuvo que rellenar un formulario y contestar muchas preguntas. Bigotes ya estaba vacunado y tenía microchip. La voluntaria le dio unos consejos y una bolsita de pienso.
Los primeros días Bigotes se escondió debajo de la cama. Pero una semana después dormía en el sofá al lado de Ana. Hoy la espera detrás de la puerta cuando ella vuelve a casa. «Él es viejo y yo soy vieja», dice Ana riéndose. «Nos llevamos muy bien.»