El viernes por la noche Pablo, de diecinueve años, estaba en la fiesta de cumpleaños de su amigo Marcos, en un barrio al otro lado de Sevilla. La fiesta estaba genial: había música, pizza y mucha gente. Pablo bailó, charló y perdió por completo la noción del tiempo.
A las doce y cuarto miró el móvil. ¡El último autobús salía a las doce y veinte! Se despidió de todos deprisa y corrió a la parada. Demasiado tarde: vio las luces del autobús desaparecer al final de la calle.
Pablo estaba en un apuro. No tenía bastante dinero para un taxi y no quería despertar a sus padres. Andando tardaba una hora y media en llegar a casa. Pensó en volver a la fiesta, pero le daba un poco de vergüenza.
Entonces le mandó un mensaje a Marcos. Cinco minutos después Marcos llegó a la parada. «Te quedas a dormir en mi casa, hay un sofá.» Pablo aceptó encantado.
Volvieron a la fiesta y Pablo durmió en el sofá del salón, entre globos. A la mañana siguiente ayudó a Marcos a recoger el piso y luego cogió el primer autobús del día. Desde aquella noche, cuando sale por la noche, siempre pone una alarma en el móvil.