Para mi cumpleaños, mi amiga Clara me regaló una clase de cerámica en Talavera de la Reina, una ciudad famosa por su cerámica. Yo nunca había tocado el barro en mi vida. El sábado siguiente fuimos juntas.
El taller era pequeño y luminoso, lleno de platos y jarrones azules y amarillos. La ceramista se llamaba Rosa y tenía unos sesenta años. Nos dio un delantal y un trozo de barro gris. «Hoy vais a hacer un cuenco en el torno», dijo.
El torno es una máquina con un plato que gira muy rápido. Hay que poner el barro en el centro y sujetarlo con las manos mojadas. ¡Era mucho más difícil que en los vídeos! Mi barro se iba a la derecha y a la izquierda, y una vez se cayó al suelo. Clara se reía tanto que estropeó también el suyo.
Rosa tenía mucha paciencia. Puso sus manos sobre las mías para enseñarme el movimiento correcto. Poco a poco hice un agujero en el centro. Después de dos horas tenía un cuenco pequeño, un poco torcido pero firme.
No pudimos llevarnos los cuencos ese día, porque tenían que secarse y cocerse en un horno especial. Tres semanas después volví a recoger el mío. Ahora desayuno cereales en él todas las mañanas. ¡Y me he apuntado a diez clases!