El sábado pasado Paula compró un hervidor de agua nuevo en una tienda de electrodomésticos de Valladolid. Le costó treinta y cinco euros. El domingo por la mañana quiso prepararse un té. Llenó el hervidor de agua y pulsó el botón. Nada. La luz no se encendía. Probó otro enchufe, pero el hervidor seguía sin funcionar.
El lunes, después del trabajo, Paula volvió a la tienda con la caja y el tique de compra. En atención al cliente había una cola larga. Esperó veinte minutos.
Por fin la atendió un dependiente joven y simpático. «Buenas tardes, ¿qué le pasa?» Paula le explicó el problema. El dependiente enchufó el hervidor detrás del mostrador. Tampoco funcionaba. «¿Quiere un cambio o la devolución del dinero?», le preguntó.
Paula lo pensó un momento. Al final eligió la devolución, porque ya no se fiaba de ese modelo. El dependiente le devolvió el dinero en la tarjeta y le pidió disculpas por las molestias.
Al salir, Paula pasó por la sección de cocina. Se compró un cazo pequeño de doce euros. Esa noche calentó el agua para el té como lo hacía su abuela: en el fuego. «A veces lo más sencillo es lo mejor», pensó.