En la oficina de Rubén, en una empresa de seguros de Murcia, todos estaban muy sorprendidos cuando él propuso participar en una carrera solidaria. Rubén no hacía deporte desde el instituto. Pero la carrera era para recoger dinero para la investigación del cáncer infantil, y la hija de un compañero, Jaime, había estado enferma el año anterior. Todos dijeron que sí.
Al final se apuntaron ocho compañeros. La carrera era de diez kilómetros y faltaban tres meses. Decidieron entrenar juntos tres días por semana, después del trabajo, en un parque cerca de la oficina. Jaime, que corría maratones, preparó un plan para todos.
Las primeras semanas fueron muy duras. Rubén solo podía correr cinco minutos seguidos y después tenía que caminar. Su compañera Rosa tenía dolor de rodilla y tuvo que comprarse zapatillas nuevas. Pero poco a poco, todos mejoraron. Además, cada uno pidió dinero a su familia y amigos para la carrera.
El día de la carrera había más de tres mil personas. Los ocho compañeros llevaban una camiseta igual, con el nombre de la empresa. Rubén terminó en una hora y cuatro minutos. No fue rápido, pero corrió todo el tiempo sin parar.
Entre todos consiguieron dos mil trescientos euros. Jaime estaba muy emocionado. «Gracias, de verdad», les dijo, con su hija en brazos.