En Zaragoza, la gente dice que el tiempo es raro, pero la semana pasada fue especialmente loca. Elena, que trabaja de cartera y pasa todo el día en la calle, lo vivió de cerca.
El lunes hizo un día de primavera perfecto: veintidós grados y sol. Elena trabajó en manga corta y por la tarde tomó un helado en una terraza. El martes, en cambio, llegó el cierzo, el viento típico de la ciudad. Soplaba tan fuerte que casi se le vuela la bolsa de las cartas. La temperatura bajó a diez grados.
El miércoles por la mañana amaneció nublado y a mediodía empezó a llover muchísimo. Elena no llevaba paraguas y llegó a casa empapada. El jueves, ¡granizó! Bolitas de hielo caían sobre los coches y las calles se quedaron blancas durante diez minutos. Elena se refugió en un portal con una señora mayor que decía: «En setenta años nunca he visto esto en abril».
El viernes hubo niebla por la mañana, una niebla tan espesa que no se veía el final de la calle. Pero por la tarde salió el sol otra vez.
El sábado, Elena miró la previsión del tiempo para la semana siguiente: sol, lluvia, viento y tormenta. Se rió y metió en la mochila un paraguas, una bufanda y gafas de sol.