En el instituto de Sara, en Cuenca, los alumnos de primero de bachillerato tienen que hacer un proyecto de voluntariado. Sara y su amigo Dani eligieron una residencia de ancianos que está cerca del instituto. Iban dos tardes por semana, durante tres meses.
El primer día estaban un poco nerviosos. No sabían de qué hablar con personas de ochenta o noventa años. La directora de la residencia, Luisa, les explicó: «Muchos de ellos reciben pocas visitas. Lo más importante es escucharlos».
Sara empezó a jugar al dominó con un grupo de señoras. Al principio perdía siempre, porque ellas eran muy buenas. Dani se hizo amigo de don Felipe, un antiguo profesor de música que tenía noventa y un años. Don Felipe le contaba historias de cuando tocaba el violín en una orquesta.
También ayudaban con otras actividades: leían el periódico en voz alta, paseaban por el jardín con las personas en silla de ruedas y preparaban la decoración para las fiestas. En diciembre organizaron un pequeño concierto de villancicos. Dani tocó la guitarra y don Felipe cantó.
Cuando terminó el proyecto, Sara y Dani decidieron seguir yendo los sábados. «Al principio pensaba que yo les ayudaba a ellos», dice Sara. «Pero creo que ellos me han ayudado más a mí».