Eran las tres de la madrugada cuando Iván se despertó con un ruido extraño. Venía de la habitación de su hija, Lola, de dos años. Iván y su mujer, Marta, fueron corriendo. Lola tosía mucho, con una tos rara, como un perro, y le costaba respirar. Además, tenía fiebre: treinta y ocho y medio.
Marta llamó al teléfono de emergencias, el 112. Una médica le hizo varias preguntas y le dijo que probablemente era laringitis. «Abran la ventana para que entre aire frío y llévenla a urgencias», les aconsejó.
Abrigaron a Lola con una manta y fueron en coche al hospital infantil de Logroño. En el camino, con el aire fresco de la noche, Lola empezó a respirar un poco mejor. En urgencias había poca gente y los atendieron rápido.
La pediatra examinó a Lola y confirmó que era laringitis. Le dio un medicamento y la tuvieron en observación dos horas. Iván y Marta estaban muy preocupados, pero la enfermera los tranquilizó: «Es muy normal en niños pequeños. Asusta mucho, pero se cura pronto».
A las seis y media de la mañana volvieron a casa. Lola se durmió en el coche. Iván llamó a su trabajo para decir que no iba a ir. Esa mañana, toda la familia durmió hasta las doce.