El primer domingo de cada mes, toda la familia Ferrer se reúne en la casa de la abuela Amparo, en un pueblo cerca de Gandía. Es una tradición desde hace más de treinta años. Vienen sus cuatro hijos, sus parejas y los nueve nietos. Son veinte personas en total.
La abuela siempre prepara una paella valenciana en el patio, en una paellera enorme y con fuego de leña. Empieza a cocinar a las once. Primero fríe el pollo y el conejo en aceite de oliva. Después añade las judías verdes, el garrofón, el tomate y el pimentón. Al final pone el agua, el azafrán y el arroz. Nadie puede tocar la paella mientras se hace. «La paella no se mueve», dice siempre.
Mientras tanto, los hijos preparan la mesa larga debajo del naranjo, y los nietos juegan al fútbol en la calle. Los mayores toman un vermut con aceitunas y hablan de todo: del trabajo, de política y de fútbol. Siempre hay alguna discusión, pero nunca es seria.
A las dos y media, la abuela grita: «¡A comer!». Todos se sientan y comen directamente de la paellera con cucharas de madera. Lo mejor es el socarrat, el arroz tostado del fondo.
El mes pasado, la abuela enseñó la receta a su nieta mayor, Andrea. «Algún día, tú la harás», le dijo.