Paula vive en Almería, cerca del mar, y nunca había visto la nieve de cerca. En febrero, unos amigos la invitaron a pasar un fin de semana en Sierra Nevada, la estación de esquí cerca de Granada. Está a solo dos horas de su casa en coche.
Como no tenía nada, alquiló todo el equipo en una tienda de la estación: los esquís, las botas, los bastones y el casco. Su amiga Celia le prestó un pantalón de nieve y unos guantes. Las botas eran muy duras y al principio le costaba caminar.
Paula se apuntó a una clase para principiantes. El monitor, Toni, era muy paciente. Primero le enseñó a ponerse los esquís, a frenar y a levantarse después de una caída. ¡Paula se cayó muchísimas veces! Pero a mediodía ya bajaba despacio por una pista verde, la más fácil.
Por la tarde estaba agotada. Le dolían las piernas y tenía frío en las manos. Se tomaron un chocolate caliente en una cafetería con vistas a las montañas. El paisaje era blanco y precioso, y el cielo estaba completamente azul.
El domingo volvió a esquiar y ya se cayó menos. «Ahora entiendo por qué a la gente le gusta tanto», dijo. Ya está pensando en volver el próximo invierno.