En noviembre, los alumnos de quinto de primaria de un colegio de Ávila fueron de excursión a Segovia. Estaban estudiando la Edad Media y la profesora, Begoña, quería que vieran un castillo de verdad: el Alcázar.
El autobús salió a las ocho y media. Durante el viaje, los niños cantaban y comían galletas. Al llegar, primero vieron el acueducto romano, que tiene casi dos mil años. «¿Y no tiene cemento?», preguntó Hugo, sorprendido. «No, solo piedras bien colocadas», explicó Begoña.
Después caminaron hasta el Alcázar. Parecía un castillo de un cuento, sobre una roca enorme y con torres altas. Un guía les enseñó las salas: el salón del trono, la sala de armas con armaduras antiguas y una sala con el techo de oro. Les contó historias de reyes y reinas que vivieron allí.
Lo más emocionante fue subir a la torre más alta. Tenía ciento cincuenta y dos escalones muy estrechos. Algunos niños estaban muy cansados, pero desde arriba las vistas de la ciudad y de la sierra eran increíbles.
A mediodía comieron los bocadillos en un parque. Antes de volver, la profesora les compró a todos un trozo de ponche segoviano, un dulce típico. Al día siguiente, en clase, tenían que dibujar el castillo.