Unai y su novia, Leire, querían vivir juntos. Los dos trabajaban en San Sebastián, una de las ciudades más caras de España para alquilar. Durante dos meses miraron anuncios en internet todos los días.
El primer piso que visitaron estaba en el centro, cerca de la playa de la Concha. Era precioso, pero costaba mil seiscientos euros al mes: más de la mitad de lo que ganaban. El segundo era más barato, pero estaba en un sótano, no tenía ventanas y olía a humedad. «Aquí no podemos vivir», dijo Leire.
En el tercero había otras quince parejas esperando en la escalera. La agente inmobiliaria les pidió muchos papeles: contratos de trabajo, nóminas de los últimos seis meses y un aval del banco. Además, querían dos meses de fianza. Unai y Leire salieron muy desanimados.
Al final, decidieron buscar fuera de la ciudad. Encontraron un piso en Hernani, un pueblo a quince minutos en autobús. Tenía dos habitaciones, una terraza pequeña y era muy luminoso. Costaba novecientos euros. El dueño era un señor mayor muy amable que vivía en el piso de abajo.
Firmaron el contrato esa misma semana. «Tardamos un poco más en llegar al trabajo», dice Unai, «pero tenemos terraza y podemos ahorrar».