Cada año, en junio, el colegio de Lucas organiza una fiesta de fin de curso en el patio. Hay juegos, música y un mercadillo de dulces. Las familias preparan tartas y galletas, y el dinero de las ventas es para comprar libros para la biblioteca del colegio.
Este año, la madre de Lucas, Mercedes, estaba muy ocupada con el trabajo. Pero Lucas, que tiene ocho años, insistió: «¡Todos los padres van a llevar algo!». Así que el jueves por la noche, Mercedes y Lucas hicieron juntos un bizcocho de limón, la receta de la abuela.
Lucas batió los huevos con el azúcar mientras su madre rallaba la piel de dos limones. Después añadieron yogur, aceite y harina. Lucas tuvo un pequeño accidente: se le cayó medio paquete de harina al suelo y la cocina se quedó toda blanca. Los dos se rieron mucho.
Pusieron la masa en un molde y la metieron en el horno cuarenta minutos. Toda la casa olía a limón. Cuando salió, Lucas lo decoró con azúcar glas.
El viernes, en la fiesta, vendieron el bizcocho en trozos, a un euro cada uno. En menos de una hora no quedaba nada. Una profesora pidió la receta. Lucas estaba muy orgulloso: «¡Lo he hecho yo!».