Yuki es japonesa y se mudó a Vigo hace un mes con su marido. En Japón, separar la basura es muy complicado, así que pensaba que en España sería fácil. Pero el primer día, delante de los contenedores de su calle, no sabía qué hacer: había cinco de colores diferentes.
Su vecina, Maruxa, la vio con las bolsas en la mano y se acercó a ayudarla.
—En el amarillo van los envases: botellas de plástico, latas, bricks de leche y bolsas.
—¿Y el azul?
—El azul es para el papel y el cartón: periódicos, cajas, revistas... Pero dobla bien las cajas para que quepan.
—¿Y el verde es para el vidrio?
—Eso es. Botellas y tarros de cristal. Pero no los vasos rotos ni las bombillas.
—¿Y este marrón?
—Es para la basura orgánica: restos de comida, cáscaras de fruta, posos de café. Y el gris, para todo lo demás.
Maruxa también le explicó que el aceite usado de cocinar no se tira por el fregadero: hay que llevarlo a un punto limpio en una botella.
Esa tarde, Yuki compró cinco cubos pequeños para la cocina y les puso etiquetas de colores. Su marido se rió: «Ahora nuestra cocina parece un arcoíris».