Para celebrar el final del curso, la familia Navarro fue a un parque temático cerca de Tarragona. Los hijos, Óliver y Martina, de catorce y diez años, llevaban semanas hablando de ese día. Salieron de casa a las ocho de la mañana para llegar a la apertura.
Cuando llegaron, ya había una cola larguísima en la entrada. Las entradas eran caras, unos cincuenta euros por persona, pero incluían todas las atracciones. El padre, Joaquín, había descargado la aplicación del parque para ver los tiempos de espera.
Óliver quería subir a la montaña rusa más grande del parque. Tenía una caída de más de setenta metros. Martina era demasiado pequeña, así que fue con su madre a una atracción de agua, donde se mojaron muchísimo. Joaquín subió con Óliver. Esperaron cincuenta minutos en la cola, y la atracción duró solo dos. Joaquín bajó blanco como la pared. «Nunca más», dijo. Óliver quería repetir.
A mediodía comieron unos bocadillos que habían traído de casa, porque la comida del parque era muy cara. Por la tarde vieron un espectáculo de acróbatas y subieron a la noria.
Por la noche hubo fuegos artificiales sobre el lago. En el coche, de vuelta, los niños se durmieron en cinco minutos.